La inteligencia encharcada


El techo amenazaba tormenta. Densos jirones de vapor gris condensado se arremolinaban en la bóveda de la biblioteca universitaria. De vez en cuando algún chispazo inesperado, acompañado de un tremebundo trueno, iluminaba las coronillas de los ciento cuarenta y cuatro estudiantes que, absortos en sus lecciones, ni se inmutaban. Debían, sin duda, estar habituados, ya que el vapor que formaba las borrascosas nubes salía de sus orejas.

No tardó mucho en empezar a llover. El bibliotecario, un señor respetable de respetable bigote, hizo un ademán con la mano y abrió un paraguas a topos con la misma naturalidad que uno se rasca la nariz. La cosa no debía ir con los estudiantes, que ignoraron el chaparrón y siguieron mascullando sus lecciones, chapurreando en susurros palabras inconexas.

De pronto, todos a una, ciento cuarenta y cuatro alumnos empapados se levantaron con una lobotomizada sonrisa de satisfacción en el rostro. Recogieron a la vez sus chorrentes apuntes y los metieron en cada una de las ciento cuarenta y cuatro mochilas inundadas. Se las colgaron del hombro y, en perfecta fila de a uno, doscientos ochenta y ocho pares de zapatos anegados chapoteron hacia la salida de la biblioteca. Satisfecho, mientras se mesaba el bigote, el bibliotecario respetable observaba marchar a las ciento cuarenta y cuatro enciclopedias nuevas, listas para usar.

Pero algo llamó su atención. Unas cuantos escritorios más allá, semioculto por una cartera, se ocultaba un alumno. Era el ciento cuarenta y cinco. Había tenido la desfachatez de cubrirse de la lluvia metiéndose debajo de una mesa y esperaba, leyendo, a que escampara del todo.

El bibliotecario respetable meneó la cabeza. Ese no llegaría a nada en la vida.

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