Carne Cruda

Esperanza se despertó. O eso creía, pues aunque sabía que tenía los ojos abiertos, a su alrededor no percibía más que una densa y pastosa oscuridad. Notaba el frío suelo de cemento granulado raspando su mejilla. Tomó una bocanada de aire viciado y sucio, se impulsó con las palmas de las manos y se incorporó obtusamente, pues notaba dolorido todo el cuerpo. Intentó levantarse, pero sufrió un vahído y se tambaleó. Se recostó entonces en una de las esquinas del cubículo, encogió las piernas, las rodeó con sus brazos, apoyó la barbilla en ellas. E imaginó.

Imaginó que no estaba en un cuchitril diminuto, oscuro y maloliente. Imaginó que estaba libre, bajo el sol que tanto amaba, tumbada, sin hacer nada, en medio de un inmenso campo verde. Imaginó que el aire olía a hierba fresca y que insectos amarillos zumbaban cantarines a su alrededor. Imaginó portentosas vaharadas de viento fresco arrullando al pasto, formando un bravo oleaje de vida.

El chirriar de las bisagras le devolvió a la realidad. Un estrecho haz de luz exigua, más oscura que las tinieblas que inundaban el cuarto, se filtró en él. En el umbral de la puerta se recortó la silueta de un hombre calvo y recio que sonreía abyectamente con los puños apretados. Penetró en el cuartucho, la agarró de la inmunda camiseta y la arrastró fuera. Sin fuerzas para resistirse, Esperanza sólo alcanzó a implorar balbuceando una frase: "¿Y mi hermano?".

El tosco ser que la arrastraba ensanchó aún más su mellada sonrisa y con una repugnante voz gutural que le nacía del mismo tórax, dio respuesta a su pregunta.

-Nunca vino.

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