Meta


Tras una farragosa y lenta vida, encauzada inexorablemente por los rieles que otros construyeron para él, el viejo se hartó. Pisoteó la boina gris de cuadros, partió en dos el bastón, lanzó lejos la dentadura y se alborotó el cabello ralo. Durmió durante todo el día, comió colesteroles, y desoyendo de intento a cada uno de los miembros de su familia, se calzó las alpargatas y salió a pasear por las eras en plena noche. Las vertebras le chascaron secamente cuando levantó la cabeza, los ojos ávidos, buscando la luz perlada de la luna. Y, al no hallarla, aulló.

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