La jaula




Los carceleros estaban consternados. No entendían como uno de sus reclusos había conseguido escapar de su confinamiento, ni mucho menos él. Había sido condenado hacía ya casi dos décadas por asesinato. Le habían empapelado rápida y eficientemente, y no tenía posibilidades de volver a salir de ahí. Al menos, no legalmente. El alcaide echaba sapos y culebras por la boca. Amenazaba, gritaba, aporreaba y gruñía sin control. No dejaba de graznar sobre la reputación de su cárcel y de su segura destitución,  de su honor, de las broncas de su mujer y de la sonrisa de perro de su suegra. Maldecía contra el conde de Montecristo. La papada y la oronda barriga rebotaban, y sus tirantes amenazaban con salir disparados y sacarle un ojo a alguien. El sudor que saltaba de su rostro enrojecido salpicaba a los dos guardias que, denotando una estoicidad encomiable, soportaban la reprimenda.

Estaba ya desesperado cuando le llegó la noticia. El reo había regresado, voluntariamente, a la cárcel. Cuando bajó rodando por las escaleras para encontrarse jadeando con el preso, balbuceó una pregunta.

- ¿Por qué has vuelto?

El hombre cerró los ojos, tratando de ahuyentar un mal recuerdo, y respondió tranquilo.

- El mundo me dio miedo. 

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