Lo inevitable


 Cuando mi familia y yo alcanzamos nuestro portal después de un absurdo día de protocolo y de banquetes que podrían dar trabajo a más de un sepulturero, un movimiento en la penumbra llamó nuestra atención. Resultó ser un gato herido. Tenía una enorme hendidura sangrante en la frente parda, y uno de los extremos se le derramaba colgando sobre la cara. Sufría también bastantes cortes, menos graves, en los costados. Estaba sentado en una esquina y se lamía las heridas que podía alcanzar. Maullaba quejumbroso, pero en cuanto intenté acercarme erizó el lomo y me bufó, arisco. Mi familia instó para que lo dejara tranquilo, y así lo hice.

 Mientras esperábamos a que el ascensor llegara, acompañados por los gemidos incesantes del animalillo, pensaba que había tenido alguna lucha con otro gato, por territorio, hembras, o por estar donde no debía. En cualquier caso, el gato había perdido. Pero en el momento que el ascensor apareció, me di cuenta de que me equivocaba. 

 En el estrecho habitáculo, acurrucado contra la pared, había un gato blanco. Le faltaba la mitad de la boca, como si se la hubieran cortado limpiamente y de un solo tajo. Tampoco tenía la pata derecha y mantenía el muñón carmesí alzado. La cola estaba tronchada y, al igual que el otro, tenía cortes y arañazos por todo su cuerpo. Como no parecía tener intención de salir del ascensor, o quizás de poder hacerlo, entramos junto con él. 

 No nos rechazó. Se quedó en la misma posición, mirándonos. No gemía. Me agaché y le acaricié detrás de las orejas, tratando de darle un poco de placer entre el horrible dolor que debía estar sufriendo. Entrecerró los ojos, agradecido, y empezó a pasearse cojeando por las piernas de mi madre, frotando la cabeza y el lomo en actitud cariñosa con ese gesto que caracteriza a los felinos. Manchaba de sangre sus medias con la herida de la boca, y ella lo rechazó con un ademan de la pierna, asqueada. El gato volvió a su rincón. 

 Cuando llegamos a nuestra planta y abrimos la puerta del ascensor, el gato salió trastabillando a toda velocidad, totalmente cojo pero increíblemente ágil, pegó un salto y se tiró por el hueco de la escalera. Pasados unos segundos, oímos un golpe seco.

1 comentario:

Duende dijo...

Qué pena me dan los animalillos, aunque sean inventados.