La jaula




Los carceleros estaban consternados. No entendían como uno de sus reclusos había conseguido escapar de su confinamiento, ni mucho menos él. Había sido condenado hacía ya casi dos décadas por asesinato. Le habían empapelado rápida y eficientemente, y no tenía posibilidades de volver a salir de ahí. Al menos, no legalmente. El alcaide echaba sapos y culebras por la boca. Amenazaba, gritaba, aporreaba y gruñía sin control. No dejaba de graznar sobre la reputación de su cárcel y de su segura destitución,  de su honor, de las broncas de su mujer y de la sonrisa de perro de su suegra. Maldecía contra el conde de Montecristo. La papada y la oronda barriga rebotaban, y sus tirantes amenazaban con salir disparados y sacarle un ojo a alguien. El sudor que saltaba de su rostro enrojecido salpicaba a los dos guardias que, denotando una estoicidad encomiable, soportaban la reprimenda.

Estaba ya desesperado cuando le llegó la noticia. El reo había regresado, voluntariamente, a la cárcel. Cuando bajó rodando por las escaleras para encontrarse jadeando con el preso, balbuceó una pregunta.

Lo inevitable


 Cuando mi familia y yo alcanzamos nuestro portal después de un absurdo día de protocolo y de banquetes que podrían dar trabajo a más de un sepulturero, un movimiento en la penumbra llamó nuestra atención. Resultó ser un gato herido. Tenía una enorme hendidura sangrante en la frente parda, y uno de los extremos se le derramaba colgando sobre la cara. Sufría también bastantes cortes, menos graves, en los costados. Estaba sentado en una esquina y se lamía las heridas que podía alcanzar. Maullaba quejumbroso, pero en cuanto intenté acercarme erizó el lomo y me bufó, arisco. Mi familia instó para que lo dejara tranquilo, y así lo hice.

 Mientras esperábamos a que el ascensor llegara, acompañados por los gemidos incesantes del animalillo, pensaba que había tenido alguna lucha con otro gato, por territorio, hembras, o por estar donde no debía. En cualquier caso, el gato había perdido. Pero en el momento que el ascensor apareció, me di cuenta de que me equivocaba. 

Meta


Tras una farragosa y lenta vida, encauzada inexorablemente por los rieles que otros construyeron para él, el viejo se hartó. Pisoteó la boina gris de cuadros, partió en dos el bastón, lanzó lejos la dentadura y se alborotó el cabello ralo. Durmió durante todo el día, comió colesteroles, y desoyendo de intento a cada uno de los miembros de su familia, se calzó las alpargatas y salió a pasear por las eras en plena noche. Las vertebras le chascaron secamente cuando levantó la cabeza, los ojos ávidos, buscando la luz perlada de la luna. Y, al no hallarla, aulló.

La inteligencia encharcada


El techo amenazaba tormenta. Densos jirones de vapor gris condensado se arremolinaban en la bóveda de la biblioteca universitaria. De vez en cuando algún chispazo inesperado, acompañado de un tremebundo trueno, iluminaba las coronillas de los ciento cuarenta y cuatro estudiantes que, absortos en sus lecciones, ni se inmutaban. Debían, sin duda, estar habituados, ya que el vapor que formaba las borrascosas nubes salía de sus orejas.

El último baluarte

La luz titilaba como una estrella más en el único ventanuco del desvencijado torreón. Antaño fue la más alta y gloriosa torre, el bastión más renombrado de todo el reino, el último refugio de los desamparados y el ojo del mismísimo rey en forma de atalaya de piedra. Hoy era un castillo de naipes.

La habitación entera era una biblioteca en cataclismo. Iluminados por centenares de velas que daban al cuartucho un resplandor anaranjado, había montones de libros apilados de cualquier manera en equlibrios tan precarios como el del torreón que los contenía. Aquí y allá destacaban códices abiertos que, simulando ser el perfecto anfitrión, eran capaces de robar el alma a un lector descuidado. Páginas y pliegos revoloteaban por el cuarto cuando el viento helado se filtraba por las rendijas de las piedras. Horrendas ilustraciones de indescriptible naturaleza parecían cobrar vida bajo el palpitar de los cirios. Y, en medio de este caos de sapiencias prohibidas, un hombre se desvivía.