Incienso



La puerta de la iglesia estaba abierta, así que entró sin dudar. 


Dentro estaba bastante oscuro, y sólo la anaranjada luz de las farolas, filtrada a través de las vidrieras de colores, iluminaba el templo haciendo extrañas figuras. Avanzó despacio por el pasillo, entre bancos en los que no se sentaba nadie, y llegó bajo la gran estatua de Jesucristo que, crucificado y con cara de fastidio, presidia la estancia. 


No le hacía gracia tener que hacer eso, pero estaba cansado. No había ni un solo sitio solitario en la ciudad para poder sentarse y pasar un rato a gusto. Los bancos de los parques estaban ocupados, las terrazas de los bares atesaban las aceras, e incluso en el descampado había críos trasnochando, jugando a perseguirse. 


Se sentó en los escalones del altar, sacó un porro de un bolsillo, un mechero de otro, lo prendió y empezó a fumar. A la primera calada, honda, le siguió una nube de humo denso y blanco. El olor de los inciensos se fundió en uno indistinguible. 


Allí sentado vio como los cristales de las vidrieras comenzaron a temblar, como si no estuvieran cómodos con sus formas geométricas. Tras otra calada, las formas eran algo que tenía poco sentido. Una más, y los colores cambiaban alegremente de lugar. 


Empezó a sentirse mareado, como si un leve oleaje le meciera la mente arriba y abajo. Era agradable, una sensación buscada en la que le gustaba acurrucarse de vez en cuando. 


Aunque fuera en una iglesia. 


Pegó una calada y retuvo el humo. La ceniza amenazaba con caer a la alfombra. Sacó una cajita y sacudió el cigarro en ella, con el pulgar. Le pareció que las escenas que representaban las vidrieras le juzgaban, por estar allí, haciendo eso. “Pero bueno”, pensó, “podría ser peor”. 


Soltó el humo, y escuchó un crujido extraño. 


Como de madera. 


A su lado se sentó la enorme efigie de Jesucristo, que le miraba desde arriba con cara de palo. No se atrevía a hablar, y más que ver, lo sentía, pero era evidente que estaba ahí, al lado, en el límite de su visión. Se frotaba las muñecas. 


—Eso huele súper fuerte, macho —dijo Jesucristo.


Atónito, pensó que había cargado tanto el porro que estaba sufriendo alucinaciones. Las vidrieras parecían danzar macabramente, y eso era una cosa, pero ¿esto? Se atrevió a mirar hacia arriba, levantando un poco la cabeza, y allí estaba: La cruz.


Vacía.


—Pásamelo, va. 


La gigantesca mano de madera se acercó a la suya. Instintivamente, le dio el cigarro. Sin atreverse a mirar directamente, escuchó como absorbía el humo sin detenerse, con mucha más capacidad de lo normal. Al cabo de un rato comenzó a oler a madera quemada, y las puntas de los dedos de Jesucristo estaban chamuscadas.  


—Lo lamento, se ha acabado. ¿Tienes más? 


—N… no —titubeó, mirando de soslayo a la figura.


—Vaya, ahora lo siento más —la voz sonaba un poco a baúl, pero sincera —. Es que ha sido un día duro. Es domingo, ¿sabes? Tremendo. La iglesia a rebosar, los curas diciendo un montón de chorradas que yo no dije, y todo colgado desde ahí arriba, poniendo cara de drama. 


Alucinando y mareado, sólo pudo hacer lo que se puede hacer en estos casos: dejarse llevar.


—Pero ahora no hay nadie, ¿no? 


—Claro —crujió Jesucristo al asentir con la cabeza —, es todo por cumplir. Vienen unas horas, y el alma limpia hasta el próximo fin de semana. Y tienes que verles envejecer sin poder hacer nada, y todo eso. La inmortalidad es aburrida. ¿Y tú por qué fumas?


—Ehm —titubeó —… Quería olvidarme un rato de algunas cosas.


—Ya. Entiendo. Bueno, seguro que puedes enfrentarte a ello. No será tan terrible como estar crucificado aquí, seguro. 


El subrealismo de toda la situación comenzaba a hacer mella en él, y su cerebro estaba a punto de hacer las conexiones adecuadas que le llevarían a la conclusión de que es imposible compartir un porro con la estatua de Jesucristo, pero la voz volvió a sonar, astillosa.


—Deberías irte —urgió —. El cura estaba por ahí guardando el cáliz. O bebiéndoselo. Pero está al volver. 


Le empujó la espalda suavemente, y pudo notar con claridad la dureza de los dedos de madera al ponerse de pie. Echó a andar por el pasillo, con paso ondulante, en dirección a la puerta. La situación le había superado de tal manera que no sabía si girarse y despedirse o qué hacer. Pero caminó en silencio, sin atreverse. 


Jesucristo se había puesto de pie, y le miraba marcharse. 


—Qué envidia —murmuró, mientras lanzaba los restos del porro a la pila bautismal. 


La estatua se encaramó a la cruz de nuevo, y se miró los dedos chamuscados con cara de tormento. Luego metió las muñecas en los clavos de la cruz, mientras la puerta de la iglesia se cerraba. 


Olía a incienso.

La jaula




Los carceleros estaban consternados. No entendían como uno de sus reclusos había conseguido escapar de su confinamiento, ni mucho menos él. Había sido condenado hacía ya casi dos décadas por asesinato. Le habían empapelado rápida y eficientemente, y no tenía posibilidades de volver a salir de ahí. Al menos, no legalmente. El alcaide echaba sapos y culebras por la boca. Amenazaba, gritaba, aporreaba y gruñía sin control. No dejaba de graznar sobre la reputación de su cárcel y de su segura destitución,  de su honor, de las broncas de su mujer y de la sonrisa de perro de su suegra. Maldecía contra el conde de Montecristo. La papada y la oronda barriga rebotaban, y sus tirantes amenazaban con salir disparados y sacarle un ojo a alguien. El sudor que saltaba de su rostro enrojecido salpicaba a los dos guardias que, denotando una estoicidad encomiable, soportaban la reprimenda.

Estaba ya desesperado cuando le llegó la noticia. El reo había regresado, voluntariamente, a la cárcel. Cuando bajó rodando por las escaleras para encontrarse jadeando con el preso, balbuceó una pregunta.

Lo inevitable


 Cuando mi familia y yo alcanzamos nuestro portal después de un absurdo día de protocolo y de banquetes que podrían dar trabajo a más de un sepulturero, un movimiento en la penumbra llamó nuestra atención. Resultó ser un gato herido. Tenía una enorme hendidura sangrante en la frente parda, y uno de los extremos se le derramaba colgando sobre la cara. Sufría también bastantes cortes, menos graves, en los costados. Estaba sentado en una esquina y se lamía las heridas que podía alcanzar. Maullaba quejumbroso, pero en cuanto intenté acercarme erizó el lomo y me bufó, arisco. Mi familia instó para que lo dejara tranquilo, y así lo hice.

 Mientras esperábamos a que el ascensor llegara, acompañados por los gemidos incesantes del animalillo, pensaba que había tenido alguna lucha con otro gato, por territorio, hembras, o por estar donde no debía. En cualquier caso, el gato había perdido. Pero en el momento que el ascensor apareció, me di cuenta de que me equivocaba. 

Meta


Tras una farragosa y lenta vida, encauzada inexorablemente por los rieles que otros construyeron para él, el viejo se hartó. Pisoteó la boina gris de cuadros, partió en dos el bastón, lanzó lejos la dentadura y se alborotó el cabello ralo. Durmió durante todo el día, comió colesteroles, y desoyendo de intento a cada uno de los miembros de su familia, se calzó las alpargatas y salió a pasear por las eras en plena noche. Las vertebras le chascaron secamente cuando levantó la cabeza, los ojos ávidos, buscando la luz perlada de la luna. Y, al no hallarla, aulló.

La inteligencia encharcada


El techo amenazaba tormenta. Densos jirones de vapor gris condensado se arremolinaban en la bóveda de la biblioteca universitaria. De vez en cuando algún chispazo inesperado, acompañado de un tremebundo trueno, iluminaba las coronillas de los ciento cuarenta y cuatro estudiantes que, absortos en sus lecciones, ni se inmutaban. Debían, sin duda, estar habituados, ya que el vapor que formaba las borrascosas nubes salía de sus orejas.